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Cohen, Marcelo

Nací en Buenos Aires en 1951. Mi padre había llegado de Bulgaria a los cinco años; mi madre era hija de un ucraniano y una polaca que tuvieron, además, otras cuatro hijas. Cada uno de mis tíos era de un país diferente y, aunque todos eran judíos, los sefarditas hablaban en ladino y los ashkenazis en yiddish. El retrato de conjunto habría podido ser pintoresco, pero al modo general de la inmigración tendía obstinadamente a la normalidad: unos prosperaban, otros fracasaban y los disidentes iban hacia la locura con el solapado apoyo de los demás. Mis padres me transmitieron un descreimiento plagado de supersticiones, pero también una propensión a disfrutar de pequeños placeres.
En mi casa había pocos libros. Una forma aledaña de misterio, sin embargo, me llegó por el lado de mi abuela paterna, que era heterodoxamente religiosa y sabía echar las cartas. Mucho más tarde descubrí que la tristeza remota que a veces cubría nuestro cuadro de clase media provenía de que mi padre no había conocido a su padre. Creo que esa mezcla de medianía y malestar alimentó mis ganas de evadirme y el gusto por la literatura fantástica sombría -de Kafka a Philip Dick, de Calvino a James Ballard- y por las inversiones temporales de William Faulkner.
Fui a un vetusto colegio secundario de mi ciudad donde aún enseñaban bien el latín; por lo demás tuve una formación diletante. Trabajé desde los catorce años, y sucesivamente fui vendedor de chocolates, recadero y periodista. Aprendí a leer poesía -Vallejo, Rimbaud, Pessoa- bajo los sauces del río Paraná.
A fines de 1975 viajé a España. Tres meses después fue el golpe de Videla y empecé a quedarme en Barcelona, donde iba a vivir veinte años. A poco de estar en el hervidero espiritual del posfranquismo -mientras procuraba no exagerar el papel de exiliado-, descubrí que nadie me observaba ni pedía explicaciones: esa independencia me ayudó a leer mejor, ver más y decidir que el periodismo no era mi clima preferido.
Desde que en 1982 cerró la revista -El viejo topo-, de la cual yo era entonces redactor jefe, reduje mi trabajo en la prensa escrita a las colaboraciones: con los periódicos El País y luego La Vanguardia y con revistas literarias como Quimera o Lateral. Paulatinamente, en cambio, me fui consolidando en el riesgoso oficio de traductor. He traducido mucho del inglés y de diversas épocas -Christopher Marlowe, Ben Jonson, Jane Austen, Henry James, John dos Passos, Ray Bradbury, Martin Amis, Philip Larkin, Gene Wolfe, Harold Brodkey, William Burroughs-, un poco del portugués -Fernando Pessoa, Machado de Assis, Clarice Lispector- y algo del catalán contemporáneo -Quim Monzó, Sergi Pamies-.
En España publiqué mis primeros siete libros. Hoy vivo nuevamente en Buenos Aires, donde sigo traduciendo y colaboro con el suplemento cultural del diario Clarín. Escribo sobre literatura y tengo una columna sobre discos de jazz.
Algunas de mis debilidades son las novelas de Raymond Queneau y de Flann O'Brien; los cuentos de Felisberto Hernández; cientos de versos de Henry Michaux; la música de Charles Mingus, Lee Konitz y Paolo Conte; las películas de Terry Gillian y los cuadros de Morandi y de Mark Rothko.
No escribo para cerciorarme de nada, sino porque escribiendo es como pienso, me distancio y me adapto con más calma a la incertidumbre. Escribo, además, para entender por qué se me ocurren ciertas historias, y para, en lo posible, celebrar la fastuosa diversidad de la vida.
Dicen que mi literatura es extravagante y a veces anticipatoria. Yo no sé a qué género pertenece. Llamémoslo, por ahora, -sociología fantástica-; como si intentara pasar por alto la avara antimonia entre fantasía y realismo.

Marcelo Cohen, 1999.


     Marcelo Cohen se dedicó al periodismo en Argentina y España, en donde vivió entre 1975 y 1995, tanto en diarios como en revistas literarias. Y luego, ya consolidado como periodista, inauguró una profusa carrera de traductor, con obras de Ch. Marlowe, Machado de Assis, W. Burroughs, P. Dick, T. S. Eliot y H. James entre otros. En 1982 publicó su primer libro de cuentos, El instrumento más caro de la Tierra, que fue seguido por numerosas novelas y cuentos breves, como El fin de lo mismo, Inolvidables veladas, El país de la dama eléctrica, El testamento de O'Jaral y Los acuáticos. Actualmente colabora con el suplemento cultural de Clarín, para el que escribe sobre literatura y música, y coordina una traducción al español de las obras completas de Shakespeare, hecha por cuarenta escritores de América Latina y España.

     
 
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