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En su cuartucho, "solito, más flaco que quimera", con estremecimiento de pensarse muerto y con la garantía picante de sentirse vivo; irreverente, chistoso, cáustico y tierno.
FRANÇOIS VILLON ha redactado el testamento más encarnado de muchos tiempos.
Porque sujeto de la Historia, este crónico estudiante se afirmó muy naturalmente contra su máxima hipocresía social: la de presentar a los hombres separados de sus obras.
Sobre su vida civil se conoce muy poco, a pesar de las serias y pacientes investigaciones de Augusto Longnon, Marcel Schwob y Pierre Champion. Se le conoce sobre todo por lo que él mismo dijo en sus escritos.
La obra de VILLON la constituyen dos poemas largos en octavas y unos cuantos rondeles y baladas, algunas de circunstancias, la mayor parte inspiradas, todas sirviendo además, para airear estrofas meramente evolutivas del Testamento.
VILLON no se cansa de donar; da todo el enjambre de personas, cosas y situaciones en que ha tenido algo que ver, por efímeras, placenteras o injustas que fuesen; a un borracho le dona una taberna, a un cura otro cura, a un monte otro monte, a un ladrón de patos, una gran capa bajo la que pueda esconderlos.
Este es, en buena parte, el testamento más lógico escrito con una desmesura equiparable casi con la realidad.
FRANÇOIS VILLON, se dijo, ha sido un poeta moderno. Es, concluye Maurice Alien, un poeta de la Edad Media que los modernos han comprendido y sentido particularmente.
De cualquier manera, no lo sería sólo porque se muestra separado de la naturaleza, él, un puro ciudadano; ni tampoco porque haya escrito y repetido: "¡No hay otro tesoro que vivir cómodamente!".
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